LA ROMERIA del PADRE ETERNO

La mañana aún no se decide entre la niebla y el sol cuando los primeros pasos rompen el silencio de los caminos de terracería. Vienen de lejos, de comunidades que en los mapas son apenas un suspiro, pero que en la memoria de la tierra existen desde antes de que existieran los nombres.

Por Luz del Alba BELASKO




Vienen caminando, como caminaron sus abuelos y los abuelos de sus abuelos, algunos de pies descalzos o calzados con huaraches que conocen el polvo de cada vereda. No hay prisa. En el andar de estos peregrinos habita un tiempo distinto, un tiempo que no se mide en horas sino en promesas.

Las flores que cargan no son adornos: son palabras. Cada pétalo es una sílaba de gratitud, cada vara de gladiola un rezo vertical que apunta al cielo. Los cirios, aún apagados, guardan en su cera la paciencia de la espera. Saben que arderán cuando el momento llegue, cuando la sombra del templo los cobije y el Padre Eterno reciba, en el lenguaje mudo del fuego, todo aquello que las bocas no saben decir.
San Caralampio los ve partir desde su iglesia en Comitán. Él, mártir antiguo de tierras lejanas, aprendió aquí a hablar tojolabal, a entender que la fe no necesita traducción cuando se expresa con los pies. La caminata es un rosario de polvo y sudor. A cada trecho, las casas se abren como se abren los brazos: sin preguntas, sin condiciones. Ofrecen agua fresca, pozol, tortillas con sal. Las mujeres que sirven la comida no preguntan de dónde vienen ni a dónde van; lo saben. Todos van al mismo centro, todos regresan al mismo origen.
Las tres o cuatro de la tarde no son una hora, son un estado del alma. Es el momento en que el sol comienza a inclinarse, respetuoso, ante la llegada de los caminantes. Allí, en el barrio de San José, la cruz del milagro los espera como los esperó siempre: con los brazos de madera abiertos, imitando sin saberlo la geografía del sacrificio. La iglesia del Padre Eterno se levanta, blanca y eterna, mientras los peregrinos entran con la lentitud de quien entra a su propia casa después de un largo viaje.





Adentro, el tiempo se disuelve. Las velas encienden otras velas y la oscuridad retrocede, vencida por tantas llamas pequeñas que juntas parecen un incendio de esperanza. Las semillas de maíz y frijol se depositan a los pies de la imagen como quien deposita un secreto. Son la moneda de un pacto antiguo: tú nos diste la tierra, nosotros te damos su fruto; tú nos darás la lluvia, nosotros te damos nuestra fe.


Afuera, la feria de la Santísima Trinidad despliega sus colores como un rebozo tendido al sol. La música de tambor y flauta de carrizo teje el aire con hilos de una alegría que viene de siglos atrás. Los juegos mecánicos giran, los puestos de comida humean, las risas de los niños se mezclan con los rezos de los ancianos. Porque aquí lo sagrado y lo profano no son enemigos: son dos ríos que nacen de la misma montaña.
Y así, entre flores y cirios, entre tamales y oraciones, la Santísima Trinidad se hace presente no como un misterio teológico, sino como un misterio comunitario: tres personas distintas y un solo sentir verdadero. El Padre que recibe, el Hijo que camina, el Espíritu que danza en cada llama de cada vela encendida.
Al caer la noche, los peregrinos emprenderán el regreso. Pero ya no serán los mismos que llegaron. Algo se han llevado del templo, algo que no pesa y sin embargo carga: la certeza de que el próximo año, cuando las flores vuelvan a brotar, ellos volverán a caminar. Porque esta tierra no se hereda con escrituras, se hereda con tradiciones. Y la tradición, como la fe, no se explica: se camina.

📷Belasko Journaliste ©️
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