El Alma de Amatenango: Tres Generaciones Moldeando el Barro


En las tierras altas de Chiapas, donde el aire huele a pinos y a tierra húmeda, se alza Amatenango del Valle, un pueblo tzeltal donde el barro no es solo material, sino memoria viva. 

por Luz del Alba BELASKO

Aquí, entre cerros vestidos de neblina, Doña Carmen, su hija Marcela y su nieta Delia tejen con sus manos una historia que lleva más de medio siglo dando forma a la economía, la cultura y la identidad de su comunidad.

La Tierra que Guarda el Secreto

El barro de Amatenango es único: una arcilla color ocre, grisácea y rojiza que las mujeres recolectan en lugares sagrados, con permiso de la tierra y una ofrenda de agradecimiento. Esta cerámica es prehispánica en esencia – no se usa torno, solo las manos, el corazón y la sabiduría ancestral. Durante generaciones, las piezas fueron utilitarias: cántaros para agua, comales, ollas y cazuelas que resistían el fuego directo gracias a una técnica de quemado a cielo abierto con leña.

Las Manos que Dan Vida

Doña Carmen, de cabellos plateados y sonrisa serena, aprendió de su madre a los siete años. En sus manos, el barro se convierte en cántaros de cuello elegante que parecen guardar canciones antiguas. Ella recuerda cuando cada pieza tenía un destino práctico: llevar agua, cocer tortillas, almacenar maíz. Su arte es sobrio, funcional, lleno de la dignidad del uso diario.

Marcela, hija de Carmen, es el puente entre generaciones. En sus manos, las formas tradicionales comenzaron a florecer con aves fantásticas (palomas) y tigres mitológicos. Ella vio cómo el mercado cambiaba y, con ingenio, transformó lo utilitario en decorativo sin perder el alma. Sus tigres, más que felinos, son guardianes de barro, con rayos pintados con pigmentos naturales, símbolos de protección.

Delia, la más joven, aun por cumplir sus xv años estudio hasta la primaria y  eligió el barro sobre otras vidas. En sus manos conviven la tradición y la innovación: ella traza, pinta y da color a cada pieza  sus flores con sombreados y precisión . 

Ellas mantiene viva la técnica del quemado a cielo abierto, ese momento mágico donde el fuego decide el destino final de cada pieza.




Sus casas son el taller , su tienda y su vivienda. Ahí, cohabitan entre lo que se ve como un “Bestiario de Barro: Pájaros, Tigres y Sueños”

Sus palomas no son representaciones realistas, sino criaturas oníricas: aves de pico largo, colas majestuosas y cuerpos que parecen contener el viento. Son mensajeras entre el cielo y la tierra, a menudo pintadas con líneas blancas (logradas con una piedra especial que se convierte en tiza al frotarla) y rojos terrosos.

Los tigres (en realidad jaguares) evocan al Balam, el señor de la noche en la cosmovisión maya. Modelados con ferocidad serena, estos felinos acostados o sentados muestran dientes y garras, pero también una contención sagrada. Llevan rayas que son caminos, ríos, destellos de luna.

Los cántaros siguen siendo la columna vertebral: desde los pequeños para el pozol hasta los enormes para el agua de lluvia. Sus formas han variado poco en siglos, pero ahora se adornan con flores estilizadas, espirales y grecas que recuerdan bordados tzeltales.

La Ceremonia del Fuego no la presenciamos pero es un proceso que culmina en el quemado a cielo abierto, un ritual comunitario. Las piezas secas se colocan sobre una cama de leña, se cubren con más leña y tejas viejas, y el fuego arde durante horas. Las artesanas observan, rezan, ofrecen posh (aguardiente ceremonial) a la tierra. El humo impregna el barro, dándole esa pátina única, esas manchas de humo que son la firma de Amatenango.

Medio Siglo de Economía y Resistencia

Lo que comenzó como una actividad doméstica se transformó, hace 50 años, en un motor económico. La llegada de turistas a San Cristóbal de Las Casas y la valoración del arte popular abrieron mercados. Hoy, estas piezas viajan a galerías en México , Europa y Asia, pero su creación sigue siendo íntima, familiar, vinculada a los ciclos agrícolas.

Esta tradición es, además, un legado femenino. Los hombres se dedican principalmente a la agricultura; las mujeres son las guardianas del barro. En sus manos, la arcilla se convierte en sustento, en educación para los hijos, en continuidad cultural.


Un Futuro Modelado con Esperanza

Doña Carmen, Marcela y Delia representan el pasado, presente y futuro de un arte que ha sabido adaptarse sin traicionarse. Cada pieza que sale de sus manos lleva tres generaciones de sabiduría: la solidez de Carmen, la innovación de Marcela, la visión nueva de Delia.

Sus artesanías son más que objetos: son testimonios de resistencia cultural, mapas de una identidad que se niega a desaparecer. En cada tigre, pájaro o cántaro está la memoria de Amatenango, el susurro de la tierra, y el fuego sagrado que transforma el barro en alma.

Así, mientras el mundo gira veloz, en este rincón de Chiapas, el tiempo sigue marcado por el secado del barro, la paciencia de las manos y la ceremonia del fuego. Una tradición que, como la arcilla buena, se renueva con cada generación, manteniendo viva la esencia de un pueblo que habla a través de la tierra cocida.