La llegada de 1.111 insurgentes a la capital en diciembre no es una amenaza, sino un espejo. Frente a un Estado que ha normalizado la depredación y la desaparición, el movimiento zapatista ensaya una vez más el arte de la política sin pedir permiso.
San Cristobal de las Casas, CHIAPAS El anuncio cayó como una piedra en el estanque de la agenda mediática, acostumbrada a la violencia de alto calibre y a las conferencias matutinas. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ha comunicado que, para diciembre próximo, 1.111 de sus integrantes —entre ellos, los llamados "insurgentes" y "insurgentas"— llegarán a la Ciudad de México. No portan fusiles, pero su sola presencia interpela al poder establecido en su propio territorio.
Pero el zapatismo, fiel a su historia, no llega a la capital a pedir clemencia, sino a recordar que la lucha por la vida no se negocia. En el mismo foro, la defensora de derechos humanos Andrea Horcasitas Martínez desvió el foco de atención hacia una herida abierta: las desapariciones forzadas. "La esperanza del reencuentro con la vida se vuelca en una búsqueda común", señaló, aunque sus palabras sonaron como un diagnóstico cruel. México ha superado las cifras de países en conflicto armado declarado, convirtiéndose en un cementerio de sueños sin nombre.
La decisión de enviar a más de mil zapatistas a la capital no debe leerse como una militarización, sino como una pedagogía política. Los gobiernos suelen mover ejércitos para someter; los zapatistas, para despertar. Su llegada, programada para el próximo diciembre, coincidirá con el aniversario de la matanza de Acteal y con el recuerdo de la insurrección de 1994. No es casualidad.
El mensaje subyacente es demoledor: mientras el poder real se ejerce desde escritorios y con cifras de desaparecidos que ya no sorprenden, el EZLN apuesta por la desobediencia y la palabra. Su "guerra" no busca tomar el Palacio Nacional, sino exponer la vulnerabilidad de un sistema que ha hecho de la violencia su principal recurso de gobernabilidad.
Una esperanza incómoda
En un país donde el horror se ha vuelto cotidiano, la esperanza resulta subversiva. Horcasitas y el zapatismo coinciden en un punto: la búsqueda de vida no es un acto de nostalgia, sino de resistencia activa. Sin embargo, el riesgo es que la movilización de diciembre sea leída por los reflectores como un espectáculo o, peor aún, como una provocación que justifique el endurecimiento del discurso oficial.
El EZLN ha dejado de ser aquella guerrilla de pasamontañas que irrumpió en la historia para convertirse en un sintagma: un recordatorio de que, incluso en la era de la depredación, hay quienes se niegan a ser la cola de la serpiente que se devora a sí misma. La pregunta que deja su anuncio no es qué harán en la Ciudad de México, sino qué hará el resto del país con esa incomodidad que llaman esperanza.
Fotografía: Belasko Journaliste